Éxodo y urnas

 

La caravana centroamericana es una tragedia humanitaria que está siendo utilizada para influir en las elecciones estadounidenses con la complicidad del gobierno de Enrique Peña Nieto. Para enfrentar emergencias de este tipo, se requiere de una política regional e integral.

    

    Imposible dudar de las razones estructurales tras el éxodo. En América Central la desigualdad es brutal, la violencia criminal impone sus reglas y los gobiernos se distinguen por su debilidad e impotencia. Ante ese contexto, resulta totalmente natural que una población desesperada responda al llamado de un activista hondureño para iniciar una marcha hacia los Estados Unidos, lo cual implica cruzar el infierno mexicano.

 

    Es inevitable preguntarse si no estamos ante un éxodo provocado para incidir en los comicios estadounidenses. La hipótesis se alimenta de la falta de civilidad y reglas de unas elecciones caracterizadas por la ferocidad con la cual se enfrentan liberales y conservadores. Ante la perspectiva de que los demócratas recuperen la cámara baja, la caravana está siendo utilizada por Donald Trump y algunos candidatos republicanos para resucitar un tema de campaña que les ha dado grandes réditos. Lo mismo pasa en diversos países europeos.

 

    En los tuits de Trump reaparece la tesis de una fortaleza asediada por delincuentes y terroristas. En este relato, México deja de ser el socio comercial y el aliado en seguridad, para convertirse en un territorio sin ley ni gobierno, en donde las turbas hacen lo que les da su gana.

 

    Es muy llamativo el cambio de actitud del gobierno de Enrique Peña Nieto. En el verano de 2014, llegaron a la frontera con los Estados Unidos 70 mil menores centroamericanos no acompañados. Bastó que Barack Obama tuviera una conversación telefónica con Peña Nieto para que su gobierno se transformara en “cadenero de antro”. Desde entonces, el gobierno mexicano ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para frenar a los centroamericanos. Entre otras medidas, lograron que aumentara la velocidad del ferrocarril “La Bestia” y endurecieron los controles. Tanto, que en los últimos años, México detiene y deporta más centroamericanos que los estadounidenses.

 

    La dureza desapareció cuando apareció la caravana. Es cierto que hay invocaciones a la legalidad, pero en la práctica, están dejándolos seguir su viaje hacia los Estados Unidos. Si en 2016 Peña Nieto ayudó a Trump invitándolo a Los Pinos, en 2018 colabora con los republicanos dejando pasar a las multitudes y eso facilita que se exacerbe el mensaje de miedo y xenofobia de la campaña. Faltan solo dos semanas para las elecciones y, si la hipótesis que manejo es la correcta, después de esa fecha volverá a endurecerse la política oficial mexicana.

 

    En las reacciones a la caravana, es evidente la ausencia de políticas que atiendan la raíz del problema. La propuesta de solución más sensata la planteó Andrés Manuel López Obrador en el debate presidencial realizado en Tijuana. En estos días ha vuelto a proponer que México, Estados Unidos y Canadá se unan para financiar el desarrollo de América Central y reducir, de esa manera, los factores de expulsión.

 

    El planteamiento es sensato pero incompleto. Le falta ligarlo con la guerra contra el crimen organizado, porque las bandas criminales han convertido a los desplazamientos de la población en arterias que alimentan sus arcas y ensanchan la base social del sicariato. Por cierto, las migraciones también alimentan la corrupción oficial.

 

    En otras palabras, hace falta una política de migración que armonice el combate al crimen organizado con una nueva relación hacia América Central y del Norte. ¿Entenderán Alfonso Durazo y Marcelo Ebrard que están obligados a coordinar estrechamente el trabajo de las secretarías de Seguridad Pública y Relaciones Exteriores? Si lo logran, México tendría un enfoque innovador que le permitiría recuperar su liderazgo perdido. Con una política de ese tipo, podrá hablarse de que sí están atacando de raíz las causas de la migración, el crimen organizado y la corrupción.

 

    En tanto eso no suceda, las tragedias humanitarias seguirán siendo utilizadas para otros propósitos. Es el caso de esta caravana que, con la complicidad del gobierno mexicano, alimenta los fuegos de la campaña electoral estadounidense.

 

Twitter: @sergioaguayo

Colaboró Zyanya Valeria Hernández Almaguer.

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