¿Hay remedio?

 

Sergio Aguayo

 

Invitado por un consejo ciudadano y un grupo de hoteleros impartí una conferencia en Puerto Vallarta titulada “El México bronco y la sociedad organizada”. Algunos ángulos son de interés general.

 

    Presenté evidencia de que en América Central y México la mayor organización social (organismos de la sociedad civil, medios de comunicación independientes, clubes deportivos, etcétera) provoca menos delitos y viceversa. Uno de los escépticos soltó, en la sesión de preguntas y respuestas, un tajante “México no tiene remedio”. No comparto tanta desesperanza.

 

    Nuestro principal problema es que tenemos más conciencia que organización. Conocemos nuestros derechos pero no logramos que se respeten por lo tenue y desigual del tejido social. Tomemos una de las maneras más elementales de participación, la firma de una petición a la autoridad.  En el México de 1984 lo hacía el 9%, y en 2010, el 18%. La diferencia con Suecia es abismal: allá el porcentaje pasó de 53 a 68 (Encuesta Mundial de Valores).

 

    La brecha aparece por doquier. Hay lectores que me comparten sus problemas e inquietudes. Pese a su diversidad tienen tres rasgos comunes: 1) un profundo malestar con el sistema político existente; 2) una claridad sobre lo que quieren y proponen; y, 3) una frustración por no encontrar autoridad que los atienda o les responda. Se advierte el deseo de cambios en la relación sociedad-autoridad. ¿Cómo lograrlos?

 

    Tenemos dos maneras de participar en la vida pública. La primera es la electoral que recibe mucha atención. En estos momentos ya se atisban en el horizonte las hordas de aspirantes a los 3,447 cargos que se disputarán en 2018. Durante el próximo año nos inundarán de anuncios prometiéndonos tiempo compartido en el paraíso, nos abrumarán con encuestas que se contradicen, nos invitarán a reunirnos con candidatos o a firmar desplegados de condena o apoyo.

 

    La experiencia será amenizada por los árbitros electorales que entonarán sentidas odas a las urnas, en cuyos vientres germinan los frutos de una democracia inmaculada. Los cancerberos de lo electoral se harán los desentendidos con la compra del voto pobre, los desvíos de recursos públicos, las intimidaciones del crimen organizado y las tropelías de algunos partidos.

 

    El Partido Verde Ecologista de México, por ejemplo, regresa con promesas de dudosa viabilidad y moralidad. Desde ahora se ha puesto la casaca de patrono de la infancia desprotegida y promete impulsar una ley para que cada partido done 20% de su financiamiento público anual para combatir el cáncer infantil. ¿Ustedes les creen?, yo tampoco. Una vez más, ese partido político se olvidará de lo ambiental y manipulará una causa noble para seguir jineteando el presupuesto. Puede hacerlo porque cuenta con la protección de los árbitros.

 

    Pese a la mediocridad de la democracia electoral, tendremos que decidir si votamos y, de ser el caso, por quién, aún sabiendo que la urna ha dejado de ser la palanca para los grandes cambios. Es posible que Andrés Manuel López Obrador sea el triunfador, pero ocupará una presidencia profundamente debilitada.

 

    La segunda opción es la democracia participativa; involucrarse de manera constante en asuntos públicos para incrementar el grosor del tejido social. Me resulta una veta más promisoria porque la evidencia demuestra que en la medida en la cual se organiza la sociedad en torno a propuestas concretas, es posible frenar a los simuladores y corruptos y forjar alianzas con los funcionarios y políticos comprometidos. Tengo años dedicado a entender la violencia criminal y a promover la cultura de paz y he confirmado que sí es posible la convergencia en asuntos concretos entre Estado y sociedad.

 

    Nos presentan la democracia electoral como la mejor forma de resolver nuestros problemas. Si les hacemos caso les transferiremos la responsabilidad que tenemos, como ciudadanos, de involucrarnos en la resolución de nuestros problemas inmediatos. Sentarse a esperar que “alguien” resuelva de manera milagrosa las carencias de la vida pública es el camino más corto hacia la frustración. En tanto no mejoren los partidos y los árbitros electorales la urna es un lastre para el involucramiento ciudadano que debe concentrarse en la construcción de islotes de civilidad democrática. Ahí está el remedio.

 

Twitter: @sergioaguayo

 

Colaboró Zyanya Valeria Hernández Almaguer.

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